Jose-Balmes-y-Gracia-Barrios-4-Premios-Nacionales

La interminable travesía, por Marcelo Aravena

Al comenzar este proyecto en el Museo de Bellas Artes se me preguntó: ¿Qué tienen en común estos cuatro Premios Nacionales?, entonces me di cuenta que estaba bastante involucrado trabajando hace varios años y muy adentro de su obra y con ellos mismos, como para lograr objetivar razones. La pregunta fue: dos de ellos cruzaron junto a sus familias por los Pirineos y en un campo de refugiados en Francia les propusieron ir a un país del que apenas habían oído hablar. Y así es como Roser Bru y José Balmes llegan a Chile en el barco Winnipeg, gracias a las gestiones de Pablo Neruda y de Delia del Carril. Balmes nunca se cansó de repetir la importancia de la Hormiguita como gestora y alma de ese barco que le salvó la vida de 2.600 personas, entre ellos dos niños de 15 y 12 años: Bru y Balmes. Luego hay dos que se conocieron adolescentes en la Escuela de Bellas Artes, fueron novios, se casaron, tuvieron una hija, trabajaron como profesores en la misma universidad y como artistas en el mismo taller. Compartieron juntos durante más de 70 años una hermosa travesía de vida y de amor: José Balmes y Gracia Barrios.

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Los cuatro se encuentran en el lugar preciso y en el momento indicado. Ellos, los cuatro, protagonizan (dentro de una generación) la ruptura con la tradición pictórica chilena del caballete, las naturalezas y el paisaje, de las marinas y los retratos. En ese proceso, que se inicia en la Academia de Bellas Artes entre los años 40 y 50, donde ellos interpelan a sus propios profesores (Pedraza, Mori y Burchard; este último fue profesor de los cuatro y el primer Premio Nacional de arte en Chile), provoca un cambio completamente revolucionario en el arte en Chile que no tiene vuelta atrás. El mérito justamente está en que, en un país de carretas, de niños descalzos, de poca luz eléctrica, de escasos televisores en blanco y negro, ellos hacen un arte a la altura de las vanguardias de New York con Jackson Pollock y Rothko, o a la de Europa con Tàpies y Miró. Por primera vez Chile deja de tener un desfase histórico en su arte y se pone en primera línea en el contexto mundial.

Roser comienza a trabajar “la materia”; gruesas pastas, junto con otros materiales como arcilla y arena producen tres dimensiones en la tela o sobre la madera. Su destreza como grabadista la coloca en la primera línea de los que manejan esa técnica en el mundo. Aprendió de los mejores: Hayter y Antúnez.

Balmes, que desde niño está embarcado en una travesía, nunca pierde su audacia. Su inquietud por lo nuevo mueve constantemente las barreras de lo dictado. Subvierte formas y colores, los informaliza; experimenta con tierra y arena, desafía los límites del cuadro. Pero no se extravía del mundo, la urgencia de lo social es más que una obsesión, es su conciencia de que el arte influye y debe ayudar a cambiar el mundo.

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Repleta de talento, Gracia Barrios es eximia en lo que sea. Dibuja, pinta con pincel y con la mano, pega, recorta, escribe versos. Las dualidades recorren su obra: rostros tiernos de niñas, miradas dolorosas de mujer. Figuras que se ocultan en el color, materiales inorgánicos que nos devuelven a la esencia de la tierra. Denuncia activa frente a la sociedad patriarcal, reivindicación histórica de la condición de mujer.

Guillermo Núñez, luego de sus viajes y su periodo “espacial”, es el primero en atreverse a visitar el Pop Art. Sospecha que el devenir humano carece de una respuesta y toma una pista falsa. Sus imágenes inéditas y sin referente son pantallazos de lucidez extrema, semejantes al cosmos. Sus líneas abren la grieta del dolor, al dibujar exorciza los malos recuerdos, sana el alma atribulada. Núñez nos dice con su obra que dentro de nosotros existe un ente liberador. Toda obra tiene un secreto que nos invita a revelar.

Todos emprenden sus viajes sobre mundos nuevos y tierras nunca visitadas en el arte. Son desde toda perspectiva originales.

Los cuatro, siempre con una visión muy colectiva, participan del Grupo de Estudiantes Plásticos. Junto a Bonatti, Alberto Pérez, Gustavo Poblete, Rodolfo Opazo y otros (Eduardo Barrios revisa sus textos), son los que proponen, remueven y transforman los cimientos carcomidos del arte de siglo XIX y le dan un tiro de gracia al último bastión latinoamericano del arte moderno. Comienza con ellos a andar el arte contemporáneo.

La Unidad Popular exalta todas sus potencialidades, cada día de esos mil días, vuelcan todos sus esfuerzos para sacar el arte a la calle. La feria impulsada por Guillermo Núñez, “El pueblo tiene arte con Allende”, encuentra a un entusiasmado Balmes. La feria consistía en vender a obreros, estudiantes, campesinos y empleados obras de arte según la capacidad de cada cual. 10 pesos, 100 pesos, no importaba. Lo trascendente es que el arte es por y para el pueblo. Por iniciativa de Allende, Balmes crea el Museo de la Solidaridad. Son decenas los artistas de todo el mundo que envían sus trabajos y así forman la colección más importante del país.

Ya entrados en sus 40 años la ilusión por un mundo mejor es completa, no previeron ni se imaginaron la tormenta que se les avecinaba.

La larga noche de la dictadura fue para ellos tremenda. Balmes se refugia en embajadas (su nombre estaba en las primeras listas del régimen) y parte al exilio junto con Gracia, a quien le pesa un planeta cargado de piedras: despojarse de su casa, de su familia, de sus plantas, de su taller. Roser se recluye con una incertidumbre permanente, perturbada por la censura y lidiando contra la autocensura. La dictadura es especialmente ponzoñosa con Guillermo, quien es el más militante y tiene la valentía de hacer una exposición de protesta en los primeros años del régimen cívico-militar. Le pagaron con una moneda amarga: la detención, el apremio, la humillación y la tortura. La bestialidad de la dictadura con los artistas chilenos fue abismante, el nombre de Víctor Jara rebota una y otra vez en los retratos de Balmes y Gracia (Víctor Jara estuvo la noche anterior al golpe en el taller junto a ellos). El exilio fue cruento, cada cierto tiempo llegaban los telegramas con la dolorosa noticia de amigos desaparecidos o asesinados. Pero la función del artista es una: luchar con todas las armas que ellos tenían, que en este caso eran brochas y pinceles contra el gran opresor de la humanidad. Núñez, Balmes y Barrios crean en el exilio “Las Brigadas Antifascistas”. Roser colabora clandestinamente con todos los movimientos de la izquierda, nunca pierde contacto con Delia del Carril y como pueden apoyan a artistas en la clandestinidad. Son tiempos tristes, de sombras, de rupturas, de quiebres, de memorias fracturadas como lo plasma Gracia Barrios en sus obras de fines de los 70 “De aquí y de allá” o“En el exilio”.

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Vuelven luego de diez años, más duros, más comprometidos, más convencidos de su lucha. Balmes dice: “Volver a Chile es lo más importante que me pasó en la vida”. La urgencia de lo social, de la que nos habla su gran amigo Gaspar Galaz, es la que marca toda una relación con sus trabajos donde la denuncia, la calle, las manifestaciones son las emociones persistentes en la tela, en el cuadro. Es Chile, su Chile, que duele y arde. Las salvajadas de la dictadura son continuas, persistentes y lidian con el desquiciamiento, como quemar con gasolina en plena calle a dos jóvenes por protestar. Ahí está la obra de Gracia Barrios “A Rodrigo Rojas”. Guillermo Núñez se rehabilita de a poco, su poesía y su misticismo le ayudan a sortear los amargos recuerdos de su prisión. “Dibujar con sangre en el ojo” nos habla de esa venda que surca su visión, de la imagen del cruel torturador, de la rabia oscura del cautiverio, al tiempo que la luz se filtra, reveladora, aleja las sombras de las jaulas, se eclosiona con los colores que funden una nueva materia, el comienzo de la esperanza.

Entran los cuatro a la democracia como sobrevivientes después de la guerra. No es lo primera, lo saben y no será la última, lo entienden. No pierden un día sin visitar sus talleres. Son cuatro Premios Nacionales de Arte porque jamás bajaron los brazos ni se alejaron de su pincel. Rearman sus municiones para los tiempos que vienen, la vejez los encuentra en plena actividad. Siempre generosos con su arte, muchas obras colaboran para la causa. Ya existe un incipiente reconocimiento internacional, museos de todo el mundo adquieren sus obras de los 60, los coleccionistas y galeristas se agolpan en sus puertas. Ellos, los cuatro, siempre fueron indiferentes a los vaivenes del mercado del arte. A ellos les gusta exponer, estar con la gente, ver sus reacciones. Descreen del éxito fácil, de los mercachifles y de los diseñadores de interiores, siempre despreciaron la postura comercial, es por eso que son del todo auténticos, sin concesiones, no estuvieron pintando toda una vida al lado del pueblo para ser artistas palaciegos. Su mirada está en la calle, por y para la gente. Balmes me decía que sólo le empecinaba retribuir lo que el país le había dado el primer día en que llega a Valparaíso. “Como veníamos del campo de concentración andrajosos y sucios por la travesía del barco, la gente se sacaba los zapatos y nos los regalaba, yo tenia 12 años. ¿Se da usted cuenta? ¡Lo que le tengo que devolver a Chile!”.

Este libro y esta exposición se inició como proyecto hace unos dos años. Fue una misión encomendada por Pepe Balmes. “Aravena, quiero exponer en el Bellas Artes”, ordenó el maestro. Entre los plazos del museo, una pulmonía en agosto del 2016 nos arrebato la posibilidad de que Pepe viera esta muestra, pero me quedo con el recuerdo y su cara de felicidad cuando el maestro supo de esta exposición. El Bellas Artes significa para estos artistas estar en su casa de siempre: aquí estudiaron, se enamoraron. Se reunían, pintaban y se organizaban. Aquí aprendieron y lucharon.

Definitivamente dentro de una generación de artistas son considerablemente mayores sus puntos de encuentro que sus diferencias, ellos son los precursores del arte contemporáneo en Chile y referentes para Latinoamérica. El Bellas Artes fue su castillo, ellos ya son parte esencial de nuestra historia, luces de nuestra pequeña república, personas de quienes sólo podemos estar agradecidos y en deuda. Porque han devuelto sobradamente con sus esfuerzos y desvelos, con toda una vida dedicada al arte, lo que su país ha hecho por ellos. Los Cuatro son parte sustancial y constitutiva del alma de Chile.

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